Blogia

SALA DE MÁQUINAS

La Creación (VII)

El día séptimo. 

Así fueron acabados el cielo y la tierra con todo su ornato. Dio Dios por terminada su obra el día séptimo, y en este día descansó de toda la obra que había hecho. Dios bendijo este día séptimo y lo hizo santo, porque en él había descansado en toda su obra de creación. Tales fueron los orígenes del cielo y la tierra cuando fueron creados. (Gen. 2: 1-4). 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Y así, descansando, fue el día séptimo.

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

La Creación (VI)

El día sexto. 

Dijo Dios: “Produzca la tierra seres vivos por especies: ganados, reptiles y bestias salvajes por especies”. Y así fue: hizo Dios las bestias salvajes, los ganados y los reptiles del campo cada uno por especies. Y vio Dios estaba bien. Entonces dijo Dios: “Hagamos a los seres humanos a nuestra imagen, según nuestra semejanza; que tenga dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados, sobre las bestias salvajes y sobre los reptiles de la tierra”. Y creó Dios a los seres humanos a su imagen -a imagen de Dios los creó-, macho y hembra los creó. Y los bendijo Dios diciendo: “Creced y multiplicaos, poblad la tierra y sométanla; dominad en los peces del mar, en las aves del cielo y en todos los animales que se mueven por la tierra”. Y añadió: “Yo os doy toda planta que tienen semilla sobre la haz de la tierra; y todo los árboles que dan fruto y tienen semilla dentro, para que os sirva de comida. Y a todos los animales del campo, a las aves del cielo y a todo lo que se mueve por la tierra con hábito vital yo le doy por comida toda clase de hierba verde”. Y así fue. Vio entonces Dios todo lo que había hecho: todo ello estaba muy bien. Y entre tarde y mañana fue el día sexto. (Gen. 1: 24-31).

Así que, gracias a dios, dios no estaba solo; porque otros entes, otros seres y otras formas lo acompañaban.

Y como el vivir sólo es soñar, dios decidió seguir soñando para así poder seguir creando, jugando, interactuando, con los otros entes, con los otros seres, con las otras formas. 

Y volvió a soñar, esta vez despierto, con esa visión condicionante que tuvo la noche anterior. Y entró, como todos los dioses lo hacen después de las pesadillas, en el detalle. Y se acordó de cómo algo maravilloso le susurró al oído una oración. Y recitó, in memoriam, de la nada, este Adagio:

… Dueño y señor, ya reinas, Hombre,

en el centro del Universo.

Empuñas las riendas y sabes detener su galope loco.

Ciñes corona de laureles

-César de imperio de ceniza-

Y navegas sobre las lágrimas

que proclamaron que vinste.

Solitario en la noche, como

recién nacido o recién muerto (*).

Y con esta sentencia dios se sintió víctima. Prisionero, reo, cautivo. Condenado. Y replicó: 

- Cómo un dios ya legitimado, un rey, puede sentirse tan solo. Tan abatido. Tan desamparado.  

- Cómo un dios ya coronado, un césar, puede sentirse tan compungido. Tan apenado. Tan desolado.  

- Cómo un dios ya bienaventurado, un dueño de un imperio hecho de la nada –aunque antes fuera un todo-, puede sentirse tan desdichado. Tan miserable. Tan humano.  

Y así, melancólico, recapacitó. Y volvió a tirar los dados en el otro tablero. Y dijo dios: 

- Vuelva a hacerse mi voluntad, así en la tierra, como en el cielo. Y de esta forma, tal y como yo me siento ahora: melancólico, solitario, abatido, desamparado, en el tiempo que rige todos los tiempos, se sienta él por los siglos de los siglos. Y tras la invocación y la oración, llegó el AMÉN. 

Y por siempre y para siempre aconteció el acontecimiento. 

Y creó, a su imagen y semejanza, nuevos seres para ser. Nuevos entes para entender. Nuevas formas para formar. Nuevos modelos para modelar. Nuevos actores para actuar.  

Y les hizo únicos. Irrepetibles. Poderosos. Divinos. Omnipotentes. Y les confirió el otro tablero para que lo poblaran. Para que lo manejaran y lo  manipularan. Para que lo dominaran. Para que jugaran. 

Y al comprobar dios, receloso, que ese poder otorgado era infinito, ilimitado; los limitó. Y los partió en dos. Y formó dos mitades ilimitadas.  

Y nació así la disputa, la contienda. La batalla. Y con ella se originó un nuevo origen. Se inició un nuevo inicio. Se comenzó un nuevo comienzo. Se generó un nuevo género.  

Y generosamente en su generación dios concibió, creó, el juego de todos los juegos: el de la dominación.  

Y así, generando con generosidad, entre tarde y mañana, fue el día sexto. 

-----------------------

(*) Hierro, José. Cuanto sé de mí, "Adagio". Ediciones La Palma. Madrid, 1999. P-43.

La Creación (V)

El día quinto.

Dijo Dios: “Pulule en las aguas un hervidero de seres vivientes, y revoloteen las aves por encima de la tierra contra el firmamento del cielo”. Y creó Dios los grandes animales marinos, y todos los seres vivientes que se deslizan y pululan en las aguas, por especies, y todo lo que tiene alas, por especies. Vio Dios que estaba bien. Y los bendijo diciendo: “creced, multiplicaos y llenad las aguas del mar; y multiplíquense también las aves en la tierra”. Y entre tarde y mañana fue el día quinto. (Gen. 1: 20-23).

A la mañana siguiente dios se despertó sobresaltado, sobrecogido, angustiado. Furioso. Porque esa misma noche, la que él mismo había creado, en las tinieblas de la soledad de su yermo pensamiento, tuvo un desventurado sueño. Una extraña pesadilla. Una sobrecogedora visión. Un angustioso frenesí. Una febril ilusión en las sombras de su ficción.

En ese delirio soñó que era un egregio y afamado rey de un inmenso y glorioso tablero, en donde ejercía su dominio y gobierno. Un lugar en el que cualquier proposición se convertía en disposición. Una zona de vigilancia intervenida por un sistema controlado. Un paraíso estructurado y regido bajo el imperio de unas leyes concebidas desde su yo. Un espacio legitimado. Un cosmos bienaventurado. Un universo arbitrado desde su arbitrio. Un juego de un único destino. De una voraz desdicha. De una insólita suerte. De una inminente muerte.

Y viendo cómo su juego estaba gobernado por una sola suerte, no quiso despertar en el sueño de su muerte.

Y dios continuó delirando.

Y en su frenesí pudo percibir otras ilusiones de otros entes. Pudo observar otros padecimientos de otros seres. Pudo advertir otras fatales sombras de otras formas. Y pudo sentir otras ficciones de otras mentes.

Y al percatarse dios de que no estaba solo en ese ergástulo, se sintió aún más atrapado, encarcelado, en la mazmorra de una pesadilla, que ya no era solo suya; porque otros entes, otros seres, otras formas y otras mentes la poblaban. Y como vio que todos soñaban con sus miserias, con sus agravios y sus ofensas, llegó a una conclusión:

- “Es en verdad que en esta ficción todos sueñan lo que son, aunque ninguno lo entiende”.

Y dios continuó soñando.

Triste y abatido por ese delirio en el que se encontraba inmerso, generado desde el inconsciente de su consciente, se acercó al tablero para observar más de cerca su espacio de juego, su creación.

Y en el tablero vio reflejado su pálido su rostro, porque ese lugar, por él antes generado, era una tabla de cristal azogado por su parte posterior. Era un espejo. Un espacio en el que podía observar un modelo de sí mismo. Un centro de autoproyección.

Atemorizado, le sobrevino un misterioso hado. Y desde su gobierno despertó de esa sobrecogedora pesadilla.

Pero después de todo, todo era un sueño. Así que, dios dijo:

-  “Después de todo, todo era nada”.

Y dios continuó jugando.

Y tras cavilar sobre lo acontecido, volvió a arrojar los dados. Y decidió entonces el azar. Por lo que se impuso de nuevo, a tiempo, en el tiempo, el movimiento.

Y dios continuó continuando.

Porque en ese movimiento creó, azaroso, nuevos entes. Nuevos seres. Nuevas formas, para que poblaran el tablero; y lo acompañaran de aquí en adelante.

Y así, entre el frenesí, la ilusión, la sombra y la ficción; y viendo cómo  todo fluctuaba, pululaba, al tiempo en el tiempo, fue el día quinto. 

La Creación (IV)

El día cuarto 

Dijo Dios: “Haya lumbreras en el firmamento para separar el día de la noche, servir de señales para distinguir las estaciones, los días y los años, y lucir en el firmamento del cielo alumbrando la tierra”. Y así fue: hizo Dios dos lumbreras grandes, la mayor para presidir el día y la menor para presidir la noche, y las estrellas; las puso en el firmamento del cielo para alumbrar la tierra, presidir el día y la noche y separar la luz de las tinieblas. Y vio Dios que estaba bien. Y entre tarde y mañana fue el día segundo. (Gen. 1:14-19). 

Y la obra se extendía. Y la creación se dilataba. Y el juego se perpetuaba, se eternizaba, se inmortalizaba; desafiando así las propias leyes creadas por el Creador.  Y como todo circulaba, a la mañana siguiente, procedió dios a continuar con el acontecimiento, con la creación.

Y para ello volvió a arrojar los dados en el otro tablero en un turno nuevo.  

Pero esta vez, al evidenciar dios que el albor era intenso y la sombra extensa, generó en el otro tablero dos focos luminosos para separar, y distinguir así mejor, la luz de la oscuridad.  

Y lo hizo justamente, sin desprecio ni culpa. Sin miedo ni recelo. Sin ansiedad, ni pánico. Sin ira. Porque comprobó desde su centro, desde su cielo, que ya dominaba -de forma estelar y sempiterna- los dos tableros. Tanto el uno como el otro. 

Y concibió dios entonces dos fanales para alumbrar de forma distinta el juego; utilizándolos como guías, como directrices, como gobiernos. 

Pero la tarde no sólo fue tarde, y la mañana no sólo fue mañana; porque justamente estos dos fanales crearon otros tiempos en el interior de los dos primeros tiempos creados, al tiempo, en el primer tiempo: en el día primero, el principio de todos tiempos. 

Y en este mismo instante, en esta nueva tanda, en esta nueva tirada de dados, en este movimiento, la luz y la oscuridad sirvieron para separar más tiempos dentro del propio tiempo.  

Y de esta forma creó dios al tiempo, en el tiempo, dos tiempos distintitos dentro del propio tiempo, el del juego.  

Pero al tiempo que cavilaba, que reflexionaba, que meditaba, que jugaba; observó cómo a una de las lumbreras –creadas por él mismo en este mismo turno- se le agotaba el tiempo de permanencia, de existencia, en el otro tablero.

Y en el ocaso, que acaso era el de su propio pensamiento, vio dios cómo se extinguía su tiempo en el tiempo.  Y observó cómo todo transitaba, se movía, en dos tiempos que persistían, que cohabitaban al unísono, en más tiempos distintos dentro del propio tiempo. 

Y como todo fluctuaba al tiempo en el tiempo, dios se preguntó: 

- ¿Pero qué es el tiempo, sino movimiento?

Y como la oscuridad, la noche, las sombras y las tinieblas, se iban apoderando del otro tablero; a dios… ¡se le acabó el tiempo!

Y así, en el tiempo, entre tarde y mañana, fue el día cuarto.

La Creación (III)

El día tercero 

Dijo Dios: “Reúnase en un solo lugar las aguas de abajo, y aparezca lo seco”; y así fue; a lo seco lo llamó Dios tierra y al cúmulo de aguas lo llamó mares. Y vio Dios que estaba bien. Dijo Dios: “Produzca la tierra verdura: plantas con semilla y árboles frutales que den a la tierra frutos conteniendo dentro una semilla de su especie”. Y así fue: produjo la tierra verdura: plantas con semilla de su especie y árboles frutales que dan fruto conteniendo dentro semilla de su especie. Y vio Dios que estaba bien. Y entre tarde y mañana fue el día tercero”. (Gen. 1. 9-13). 

Así que dios ya tenía dos tableros. Dos lugares diferentes donde poder jugar dos partidas diferentes. Uno, al que bautizó dios cielo. Y otro, al que no bautizó. 

Del uno y del otro, separados desde la ira, surgieron dos nuevos espacios. Dos nuevos cosmos. Dos nuevas zonas. Dos nuevos tableros. Dos nuevos juegos dentro de un mismo juego.

Pero uno no era otro y otro no era uno, ni en concepto ni en número.  

Uno, el cielo, lo guardó dios celosamente alejado del otro, por si otro se lo arrebataba. Y uno se hizo cautivo. Y otro, laxo. Y del otro aconteció otro espacio. Otro juego, en el que dios dictó otras normas. Otras pautas. Otras leyes. Otras condiciones. Otras circunstancias. Otras medidas. Otras disposiciones. Otras reglas.  

Aunque esas otras reglas de esa otra zona requerían de otros turnos nuevos, suplicaban otras nuevas veces. Otras nuevas bazas. Otras nuevas tiradas. Otras nuevas manos. Por lo que, como él mismo dispuso el día primero, lanzó de nuevo los dados en otro turno nuevo.

Y esta vez dios, en una nueva tirada, arrojó los dados en el otro tablero. Y en esta mano sin ira, dios dividió, en dos partes semejantes, el otro tablero, el que estaba sin bautizar. Y de esta forma creó dios otras dos nuevas zonas de juego. A la más densa la llamó mares, y a la más parca, tierra.

Y en estas otras dos nuevas zonas surgieron otras zonas nuevas dentro de las propias zonas. 

De la tierra, la zona más parca, surgieron otros nuevos centros con centros nuevos. Y esos otros nuevos centros se colmaron de otros centros nuevos que produjeron otros centros diferentes con sus propios centros, tal y como él había previsto el día anterior. Y al ver tantos centros en el interior de los otros centros comprobó que todo su centro estaba en el mismo centro de todos los otros centros. Por lo que colmó su propio centro. 

Y así, con el nacimiento de nuevos centros en su centro propio, fue el tercer día.

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

La Creación (II)

El día segundo 

Dijo Dios: “Entre las aguas haya un firmamento separando las unas de las otras”; y así fue: hizo Dios el firmamento, que separó las aguas que hay debajo de las que hay encima de él. Al firmamento lo llamó Dios cielo. Y entre tarde y mañana fue el día segundo”. (Gen. 1:6-8). 

Como la imaginación no conoce límites para dios, y su poder creador sobrepasa cualquier horizonte, ya que es infinito, decidió instaurar, después de hacer morir el día primero, un escenario para comenzar el juego. Un buen lugar de interactuación donde poder arrojar mejor sus dados.  

Así pues, nada más dar comienzo la mañana que él mismo había creado el día anterior, reflexionó y generó un área de interconexión de pensamientos entre entes que carecían todavía de emociones. De forma casi inmediata, concibió una red en el interior de otra, instaurando un espacio dentro del propio espacio, hasta llegar a generar un espacio en sí mismo. Un espacio en un universo infinito. Un cosmos. Un círculo que circulaba dentro de él. Un centro (o varios). Un punto de partida que provenía de otro punto de partida anterior. Un tablero dentro de otro. Un caos. La vida en un mismo tablero. El propio tablero. El centro del juego. El firmamento. 

El lugar, que ya gozaba de tiempo, generado el día anterior, requería de un espacio definido. De un punto de partida. De un centro en su propio centro. Y pensó que si creaba un centro dentro de otro, todo permanecería en el propio centro. Así que comprobó en el propio centro acogería la creación de otros centros propios. Y sólo por este motivo desestimó la generación de un centro solo.  

Así las cosas, dios buscaba, pero no hallaba. Jugaba, pero no disfrutaba. Se sentía, una vez más, vacío. Confundido. Perdido. Sin centro. Y siguió pensando, cavilando. Meditando. Especulando. Por lo que sin más, y desde el libre albedrío del que gozaba -porque en otro tiempo distinto se le había otorgado-, decidió seguir creando. Siguiendo los tiempos que su tiempo le dictaba.  

Pero cuando el creador se distanció por unos instantes de su creación, y la contempló desde lontananza, supo inmediatamente que estaba creando una zona en la que deberían cohabitar y poder moverse otros creadores con sus propios centros. Otros jugadores. Otros rivales.  

Y fue en ese mismo instante cuando le sobrevino un frío, un espasmo. Una convulsión gélida, helada, cósmica. El antecedente de una monstruosa subida de temperatura: la fiebre, que no es sino un síntoma de una enfermedad, la que quizá el propio juego le estaba generando.  

No ajeno al presagio, al síntoma: el temor se adueñó de dios. Y del temor nació la obsesión. Y de la obsesión, la manía. Y de la manía, la ansiedad. Y de la ansiedad, el pánico. Y del pánico, la ira. Y su propia ira, la de dios, le condujo al enajenamiento. Y del enajenamiento nació el acontecimiento. Y rompió el tablero. Y lo partió así en dos mitades creando, iracundo, dos espacios diferentes. Dos lugares distintos en donde jugar dos partidas desiguales.  

Y viendo dios que el temor le podría volver a desatar la ira, decidió quedarse con una de las dos mitades. Y a esa parte del tablero, del firmamento, la llamó dios cielo: un espacio reservado para jugar sólo él a otro juego.

Y así, entre tarde y mañana, fue el día segundo.

La Creación (I)

El día primero

"Al principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra era una soledad caótica y las tinieblas cubrían el abismo, mientras el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas. Y dijo Dios: «Haya luz», y hubo luz. Vio Dios que la luz estaba bien y la separó de las tinieblas: a la luz la llamó día y a las tinieblas noche. Y entre tarde y mañana fue el día primero". (Gen. 1:1-5).

Dios está entre nosotros. Vive y es uno de nosotros. Dios sueña, imagina y crea como nosotros. Y como a cualquiera de nosotros, le encanta jugar. Le apasiona jugar. Se encuentra seducido, atrapado, enganchado al mismo juego al que jugamos nosotros. Y juega con las mismas reglas. Con las mismas normas. Con las mismas leyes. Con los mismos códigos. Con las mismas pautas.

Dios, creador, como nosotros, no para de jugar. Y juega, como nosotros, en el mismo espacio. En el mismo tiempo. En el mismo tablero, en donde arroja los mismos dados.

Dios, como a cualquier otro jugador, unas veces le sobreviene la victoria y otras, la derrota. Porque dios, aunque nació para ser ganador, también conoce el fracaso. Y lo vive a diario:

Por la mañana se despereza, se levanta del lecho, orina, se asea, desayuna y se marcha a trabajar. Cuando llega a su cubículo saluda a sus amigos, y si el día anterior ha habido jornada deportiva, la comenta con los compañeros.

Luego, tras volver a evacuar, comienza sus tareas cotidianas: unas veces es muy eficaz y otras no lo es tanto. A la hora del almuerzo, come lo que se ha ganado. Después, prosigue con sus quehaceres y cuando remata la faena –si es que ha logrado hacerlo-, regresa a casa. Allí, normalmente, le espera su hijo. O su padre -porque él algunas veces es hijo y otras veces padre-.

Habitualmente, antes de cenar y después de descontenerse, suele conversar con el hijo. O con el padre. Y dialoga de lo que le ha acontecido durante el día, aunque nunca es profundo en sus reflexiones: se reserva algunos de sus pensamientos, porque sabe que frente a él hay otro jugador que juega en su mismo tablero en donde arroja los mismos dados.

Después de la disertación, prepara la cena. Y una vez comido por lo servido, ora, orina y se acuesta para soñar. Para inventar. Para seguir creando. Para continuar jugando. Y es que dios ya no puede parar de jugar, ni siquiera cuando duerme. Porque una vez, en su soledad caótica, mientras aleteaba entre las aguas de las tinieblas que cubrían el abismo de su pensamiento, arrojó los dados para separar la luz de la oscuridad. El día de la noche. La tarde de la mañana para comenzar el juego.

Y así fue el día primero.

Sin secretos

Hace mucho tiempo que decidí despojarme de cualquier cosa, sustancial o etérea, que supusiera  un lastre para mi voluntariosa pero macilenta hechura. No lo hice por temeridad o imprudencia, ni por menosprecio o disfavor. Lo hice simplemente por descargar peso. Y muy concretamente por el que supone la rémora del secreto, que no es si no un fardo.

Al principio quemé algunos manuscritos -propios, de conocidos o de extraños- que guardaba en lugares donde solamente yo tenía acceso; y si algunos de vosotros al leer estas líneas os dais por referidos, no lo hagáis: lo hice por vuestro bien y, por supuesto, por el mío propio.  

Más tarde -y los aludidos de alguna forma lo saben- decidí conferir a desconocidos algunos presentes que me dispensaron los que nunca estuvieron presentes, por lo que ahora permanezco sin envoltorios. 

Luego, y os prometo que éste fue el que menos me costó en su despojo, me deshice de los elogios o dádivas contra mí acometidas. Para luego, finalmente, quedarme lleno de vacío.  

Y ahora que ya estoy “ligero de equipaje” y esperando que tarde en partir “la nave que nunca ha de tornar” resurjo, aliviado de las cargas puestas (o interpuestas), libre. Sin secretos. Porque mi manso pensamiento no precisa de más espacio del que se presta en este medio. 

David Lavilla Muñoz.

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres