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SALA DE MÁQUINAS

La Creación (VI)

El día sexto. 

Dijo Dios: “Produzca la tierra seres vivos por especies: ganados, reptiles y bestias salvajes por especies”. Y así fue: hizo Dios las bestias salvajes, los ganados y los reptiles del campo cada uno por especies. Y vio Dios estaba bien. Entonces dijo Dios: “Hagamos a los seres humanos a nuestra imagen, según nuestra semejanza; que tenga dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados, sobre las bestias salvajes y sobre los reptiles de la tierra”. Y creó Dios a los seres humanos a su imagen -a imagen de Dios los creó-, macho y hembra los creó. Y los bendijo Dios diciendo: “Creced y multiplicaos, poblad la tierra y sométanla; dominad en los peces del mar, en las aves del cielo y en todos los animales que se mueven por la tierra”. Y añadió: “Yo os doy toda planta que tienen semilla sobre la haz de la tierra; y todo los árboles que dan fruto y tienen semilla dentro, para que os sirva de comida. Y a todos los animales del campo, a las aves del cielo y a todo lo que se mueve por la tierra con hábito vital yo le doy por comida toda clase de hierba verde”. Y así fue. Vio entonces Dios todo lo que había hecho: todo ello estaba muy bien. Y entre tarde y mañana fue el día sexto. (Gen. 1: 24-31).

Así que, gracias a dios, dios no estaba solo; porque otros entes, otros seres y otras formas lo acompañaban.

Y como el vivir sólo es soñar, dios decidió seguir soñando para así poder seguir creando, jugando, interactuando, con los otros entes, con los otros seres, con las otras formas. 

Y volvió a soñar, esta vez despierto, con esa visión condicionante que tuvo la noche anterior. Y entró, como todos los dioses lo hacen después de las pesadillas, en el detalle. Y se acordó de cómo algo maravilloso le susurró al oído una oración. Y recitó, in memoriam, de la nada, este Adagio:

… Dueño y señor, ya reinas, Hombre,

en el centro del Universo.

Empuñas las riendas y sabes detener su galope loco.

Ciñes corona de laureles

-César de imperio de ceniza-

Y navegas sobre las lágrimas

que proclamaron que vinste.

Solitario en la noche, como

recién nacido o recién muerto (*).

Y con esta sentencia dios se sintió víctima. Prisionero, reo, cautivo. Condenado. Y replicó: 

- Cómo un dios ya legitimado, un rey, puede sentirse tan solo. Tan abatido. Tan desamparado.  

- Cómo un dios ya coronado, un césar, puede sentirse tan compungido. Tan apenado. Tan desolado.  

- Cómo un dios ya bienaventurado, un dueño de un imperio hecho de la nada –aunque antes fuera un todo-, puede sentirse tan desdichado. Tan miserable. Tan humano.  

Y así, melancólico, recapacitó. Y volvió a tirar los dados en el otro tablero. Y dijo dios: 

- Vuelva a hacerse mi voluntad, así en la tierra, como en el cielo. Y de esta forma, tal y como yo me siento ahora: melancólico, solitario, abatido, desamparado, en el tiempo que rige todos los tiempos, se sienta él por los siglos de los siglos. Y tras la invocación y la oración, llegó el AMÉN. 

Y por siempre y para siempre aconteció el acontecimiento. 

Y creó, a su imagen y semejanza, nuevos seres para ser. Nuevos entes para entender. Nuevas formas para formar. Nuevos modelos para modelar. Nuevos actores para actuar.  

Y les hizo únicos. Irrepetibles. Poderosos. Divinos. Omnipotentes. Y les confirió el otro tablero para que lo poblaran. Para que lo manejaran y lo  manipularan. Para que lo dominaran. Para que jugaran. 

Y al comprobar dios, receloso, que ese poder otorgado era infinito, ilimitado; los limitó. Y los partió en dos. Y formó dos mitades ilimitadas.  

Y nació así la disputa, la contienda. La batalla. Y con ella se originó un nuevo origen. Se inició un nuevo inicio. Se comenzó un nuevo comienzo. Se generó un nuevo género.  

Y generosamente en su generación dios concibió, creó, el juego de todos los juegos: el de la dominación.  

Y así, generando con generosidad, entre tarde y mañana, fue el día sexto. 

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(*) Hierro, José. Cuanto sé de mí, "Adagio". Ediciones La Palma. Madrid, 1999. P-43.

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