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SALA DE MÁQUINAS

La Creación (I)

El día primero

"Al principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra era una soledad caótica y las tinieblas cubrían el abismo, mientras el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas. Y dijo Dios: «Haya luz», y hubo luz. Vio Dios que la luz estaba bien y la separó de las tinieblas: a la luz la llamó día y a las tinieblas noche. Y entre tarde y mañana fue el día primero". (Gen. 1:1-5).

Dios está entre nosotros. Vive y es uno de nosotros. Dios sueña, imagina y crea como nosotros. Y como a cualquiera de nosotros, le encanta jugar. Le apasiona jugar. Se encuentra seducido, atrapado, enganchado al mismo juego al que jugamos nosotros. Y juega con las mismas reglas. Con las mismas normas. Con las mismas leyes. Con los mismos códigos. Con las mismas pautas.

Dios, creador, como nosotros, no para de jugar. Y juega, como nosotros, en el mismo espacio. En el mismo tiempo. En el mismo tablero, en donde arroja los mismos dados.

Dios, como a cualquier otro jugador, unas veces le sobreviene la victoria y otras, la derrota. Porque dios, aunque nació para ser ganador, también conoce el fracaso. Y lo vive a diario:

Por la mañana se despereza, se levanta del lecho, orina, se asea, desayuna y se marcha a trabajar. Cuando llega a su cubículo saluda a sus amigos, y si el día anterior ha habido jornada deportiva, la comenta con los compañeros.

Luego, tras volver a evacuar, comienza sus tareas cotidianas: unas veces es muy eficaz y otras no lo es tanto. A la hora del almuerzo, come lo que se ha ganado. Después, prosigue con sus quehaceres y cuando remata la faena –si es que ha logrado hacerlo-, regresa a casa. Allí, normalmente, le espera su hijo. O su padre -porque él algunas veces es hijo y otras veces padre-.

Habitualmente, antes de cenar y después de descontenerse, suele conversar con el hijo. O con el padre. Y dialoga de lo que le ha acontecido durante el día, aunque nunca es profundo en sus reflexiones: se reserva algunos de sus pensamientos, porque sabe que frente a él hay otro jugador que juega en su mismo tablero en donde arroja los mismos dados.

Después de la disertación, prepara la cena. Y una vez comido por lo servido, ora, orina y se acuesta para soñar. Para inventar. Para seguir creando. Para continuar jugando. Y es que dios ya no puede parar de jugar, ni siquiera cuando duerme. Porque una vez, en su soledad caótica, mientras aleteaba entre las aguas de las tinieblas que cubrían el abismo de su pensamiento, arrojó los dados para separar la luz de la oscuridad. El día de la noche. La tarde de la mañana para comenzar el juego.

Y así fue el día primero.

3 comentarios

el loco de la pradera -

Dios juega a los dados, pero las caras están vacías...

David -

Querido Von gunten, sabio y maestro. Hermano y amigo. Sin juicio moral entonces, dejemos que el destino nos regale al menos un segundo día.

Von gunten -

Lo que me preocupa de Dios, lo que le hace parecerse a mí sin ser yo no es que sea padre e hijo a la vez, ni que trabaje en una oficina, lo que me preocupa es que después de tirar los dados juzga la tirada. Para la luz no es suficiente ser el resultado de una tirada de dados sino que además tiene que ser buena. Me preocupa el juicio moral o estético que se deriva de la proposición porque los dioses cotidianos no tenemos la capacidad de enjuiciar, los veraderos dioses dicen sí a lo que sucede y afirman que es bueno sólo porque sucede. Creemos en un cierto destino para el que no cabe un juicio moral.